Desarrollo personal

El perdón

La actuación de las demás personas puede despertar en nosotros dolor y frustración.
Nuestra curación emocional va a depender en gran medida de la capacidad que
desarrollemos para perdonar las ofensas y el daño que creemos que otros nos han
causado.

Si hablo de que la conducta de los demás puede despertar un dolor dormido que ya estaba
en nosotros y de que existe una creencia en que los demás pueden causarnos daño, es
porque estas dos premisas son básicas para entender lo que significa realmente perdonar.
Perdonar es amar y amar es el sustrato desde el cual nos podemos reconocer en unidad
con el otro, sabedores de que en su lugar, con sus aprendizajes y recursos, con sus
circunstancias, miedos y bloqueos, nosotros hubiéramos hecho lo mismo. Sin justificar las
acciones que nos disgustan, sin negar los efectos de las mismas y las emociones que
desatan en nosotros, perdonar es renunciar a todo juicio sobre nosotros mismos y sobre los
demás, renunciar a establecer distinción entre víctima y verdugo, a cargar de
intencionalidad malvada la conducta de alguien.

Más bien se trata de reconocer la inconsciencia propia y ajena, el hecho de estar sometidos
a temores y condicionamientos aprendidos, a inestabilidades, a constantes cambios de
motivación y a presiones circunstanciales. No se trata de conmutar una condena porque
perdonar no es posterior al juicio sino anterior a él. Perdonar es, de hecho, un pensamiento
que opera en nuestra mente para bloquear todo juicio que ésta pueda llevar a cabo. Solo
así el perdón es realmente liberador.

Cuando comprendemos e integramos en nuestra vida el perdón, comprendemos e
integramos que no hay nada que perdonar ni que perdonarnos. Es obvio que si no hay juicio
del prójimo ni de nosotros mismos no hay carga de intencionalidad y por lo tanto no hay
ofensa. Actuó, actué del mejor modo que fue posible y los efectos que esa actuación tuvo
pueden requerir reparación, corrección y aprendizaje a futuro para no caer en los mismos
errores pero nunca carga emocional condenatoria ni hacia el ofensor ni hacia nosotros
mismos.

Obviamente, hasta que logramos integrar ese concepto del perdón y llevarlo a la práctica de
una forma consistente como para no sentirnos ofendidos por nada ni por nadie, pasamos un
tiempo más o menos largo (en algunos casos toda la vida) percibiendo ataques y conflictos
en nuestras relaciones personales más íntimas y en muchas de nuestras interacciones con
meros conocidos y desconocidos. Antes de llegar a la comprensión de lo que significa
realmente perdonar, antes de ser auténticos practicantes del perdón hemos tenido que
pasar por muchas situaciones en las que nos hemos sentido ofendidos, dolidos, dañados,
decepcionados por alguien o por nosotros mismos. Cada uno de esos momentos no es más
que una oportunidad de conocernos, de amarnos, de transformar la relación con nosotros y,
como reflejo de todo ello, de vivir relaciones más plenas con los demás.

Patricia Franco

Patricia Franco

Psicóloga

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