Desarrollo personal

Somos lo que comemos

Nunca las personas hemos sabido tanto de nutrición como ahora. Nunca tuvimos acceso a una alimentación tan variada y rica. Nunca hemos estado tan concienciados con el ejercicio. Y, sin embargo, sufrimos la mayor epidemia de la historia de obesidad y trastornos de la conducta alimentaria. Algo no cuadra.

Aprendemos el vínculo entre comida y afecto en las primeras horas de vida. Cuando una madre escucha llorar a su bebé, se asegura de que su pañal está limpio y le da el pecho. Son los dos recursos que tiene para calmarlo.

Así, el bebé aprende de inmediato que, ante cualquier malestar, el alimento consuela. Porque no es solo la leche, es el calor y el olor de mamá, su voz, sus caricias, el latido de su corazón… Lo mejor de nuestra vida está unido al momento de comer. Acabamos de crear la impronta que nos marcará durante toda la vida.

No es extraño entonces que de adultos recurramos a la comida para parchear emociones desagradables. ¿Quién no se ha saltado la dieta después de un día horrible en el trabajo?

Podemos probar platos y alimentos de cualquier parte del mundo en cualquier momento. Esta globalización alimentaria tiene como consecuencia el desplazamiento de nuestra dieta mediterránea. Cada vez comemos peor. Las prisas y el estrés con los que convivimos diariamente no ayudan. Buscamos lo rápido, lo fácil, lo que satisface nuestro placer inmediato, sin entender la importancia que tiene en nuestra salud y estado anímico lo que comemos. Quien no tiene tiempo para cuidar su salud, algún día tendrá que tener tiempo, dinero y paciencia para cuidar de su enfermedad.

La industria alimentaria tiene un gran poder sobre los consumidores. Su negocio consiste en vendernos sus ultraprocesados. Productos (que no alimentos) con escasa materia prima de calidad y excesivos aditivos destinados a abaratar costes y aumentar la palatabilidad y la experiencia del consumidor. Cuanta más grasa, sal o azúcar contiene un producto, más poder adictivo tiene. Y ellos lo saben. Y lo utilizan. Siempre buscando fisuras en la normativa de seguridad alimentaria para mandar mensajes engañosos al consumidor sin ser sancionados.

Desde el punto de vista de la psicología social, hemos creado una sociedad líquida donde preferimos quedarnos en la superficie para no arriesgar. Cada vez las conversaciones son menos profundas, conocemos menos a nuestros vecinos y nos cuesta comprometernos en las relaciones. Por eso prima lo efímero, lo inmediato, la primera vista… porque quizá no habrá una segunda. Eso hace que demos tanta importancia a nuestro físico. Hasta el punto de que el efecto halo hace que percibamos a alguien como mejor persona o profesional más competente por el simple hecho de resultarnos atractivo.

Conocemos la importancia de nuestra imagen para obtener éxito social y está reforzada por la idea de que si encajamos en el esquema estético que se nos impone nuestra vida mágicamente mejorará. Es lo que yo llamo “la falacia de la delgadez”: Adelgaza y verás cómo ligarás más, encontrarás trabajo más rápido, te querrás más y te sentirás más segura…

Con estas premisas no es de extrañar que nos lancemos con desesperación a las dietas y el gimnasio, tratando de conseguir esa promesa. Y está genial cuidarse, bajar peso y estar físicamente activos. Pero no a cualquier precio.

La mayoría de los trastornos de la conducta alimentaria comienzan con  la obsesión por adelgazar y tras una dieta que se nos va de las manos. Casi todas las personas con kilos de más han sido insultadas y han recibido burlas y acoso.

Socialmente, asociamos una persona obesa con alguien vago, sin capacidad de esfuerzo. Es cierto que hay personas obesas con hábitos deplorables. Pero también lo es que casi todas las personas con kilos de más llevan toda su vida a dieta, perdiendo peso y recuperándolo.

Son muchos los estudios que demuestran que las dietas no funcionan a largo plazo porque el peso se recupera en un alto porcentaje de los casos.

Detrás de muchas personas con sobrepeso hay un trastorno de la conducta alimentaria. Lamentablemente, se ven los kilos, pero no la enfermedad. La sociedad debe entender que cada vez que anima a una persona con sobrepeso a que haga dieta, le está dando el peor consejo posible. Prueba de ello es que cuando una paciente ingresa en la Unidad de trastornos de la conducta alimentaria, el propósito más urgente del equipo multidisciplinar es que abandone su mentalidad de dieta y restricción alimentaria. Ya que la restricción produce más impulso por comer.

Afortunadamente, cada vez cobra más fuerza el movimiento HAES o “salud en todas las tallas” que trabaja la aceptación de todo tipo de cuerpos, buscando mejorar la salud y no una reducción de peso. Rompe la asociación delgadez = salud, ya que hay personas con sobrepeso más sanas que otras delgadas. Busca la aceptación, que no resignación, del propio cuerpo, el respeto, el amor propio y la dignidad, seas como seas. Y trabaja en la implementación de hábitos saludables, tanto físicos como mentales y emocionales. Promueve la salud y el bienestar integral sin medir los resultados con una báscula. Reconciliarte contigo mismo, con tu cuerpo y con la comida.  La libertad de ser y amarte como eres y no como se supone que deberías ser.

Yolanda Cambra

Coaching Alimentación Emoción

Soy Yolanda Cambra y, tras superar mi desorden alimentario, recibí formación universitaria en Coaching, Inteligencia Emocional y PNL, y llevo desde 2015 ayudando a personas a mejorar su relación con la comida.

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